Historia de la Muerte en Salta: ¿Dónde se depositaban los cadáveres antes de la existencia del Cementerio de la Santa Cruz?

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ARGENTINA-SALTA.- Hay que pensar a esa Ciudad de Salta del siglo XVI, cuyo ejido urbano estaba delimitado por los canales naturales –tagaretes- que colectaban las aguas de las alturas circundantes. Aquella era una urbe en realidad de pocas cuadras de extensión que sin embargo contenía una vivaz actividad social, comercial y política. Poe Ernesto Bisceglia

Como toda ciudad, obviamente, la vida describía el ciclo natural de nacimiento, crecimiento y muerte de los vecinos cuyos cuerpos eran depositados en los templos católicos y sus patios adyacentes, disposición que dependía de factores como el nivel social y económico de la familia del fenecido.

De modo que vivos y muertos “convivían” en los límites estrechos de aquella ciudadela, podríamos llamarla así, terminando sus días bajo las losas de las naves de los templos, al pie de los altares, en los gruesos muros o bien en el campo circundante.

Hay que considerar que aquella Salta colonial mantenía su acervo e impronta hispánica en todos sus aspectos, incluso en la muerte donde se reflejaba (y aún hoy es así en cierto modo) la condición social del fallecido. Pesaban en aquel entonces además, la condición étnica y hasta jurídica del finado, atento a que convivían con las “familias distinguidas” esclavos y algunos naturales domesticados al servicio de las casas. Es lógico pensar que entre amos, esclavos y recogidos se forjaran lazos empáticos y hasta afectivos cuyo grado de cercanía se reflejaba al momento de morir cuando sus amos pagaban un “entierro mayor” y dentro del templo para esos desclasados.

Para el siglo XVIII, Salta era conocida como “La ciudad de las cinco iglesias”, pues se hallaban levantados la ermita de San Bernardo, el templo de San Francisco, el de los Jesuitas (que obraba de iglesia matriz) y el de La Merced y alguna precaria construcción donde hoy se levanta la Catedral Basílica, todas provistas de enterratorios en sus alrededores.

Dentro de los templos se enterraba desde la zona del presbiterio hasta el coro, pero como en el caso del templo de San Francisco de Salta, se utilizó todo el amplio sector de la nave principal hasta el ingreso. Algunas inhumaciones seguramente por razón de la alcurnia de la familia se hicieron al pie de los altares en las capillas laterales. De otros se cuenta que fueron sepultados en los gruesos muros. Se destaca el caso de Francisco de Gurruchaga, formador de la primera escuadra naval que subvencionó con su patrimonio, de quien se sabe inhumado dentro del templo pero no se tiene lugar conocido.

El templo de San Francisco, que ocupa la ubicación actual desde el mismo día de la Fundación de Salta en 1582, fue levantado tres veces, ya que las dos primeras construcciones de factura elemental fueron abatidas por el fuego. El templo actual procede de 1753, según reza una piedra colocada en el Claustro y no habiendo planos del templo, si se tiene por documento una planta que detalla los lugares ocupados por los difuntos.

Planta del Templo de San Francisco en Salta – Se ve la disposición de las tumbas

En las afueras de los templos habían también osarios que se formaban de las sucesivas exhumaciones para dejar lugar y se colocaban todos juntos. Allí se perdían todas las categorías sociales y los huesos de amos, esclavos y naturales reposaban todos amontonados como una ironía de la historia, de la vida… y de la muerte.

Convengamos que por “Iglesia” se comprendía no sólo el edificio sino todo lo que lo rodeaba como la nave, el campanil (no campanario) y el cementerio. Era un todo.

Eran aquellos tiempos en la Iglesia Católica estaba presente en la vida de los vecinos desde su nacimiento –se anotaba en el libro parroquial-, la toma de los distintos sacramentos y hasta la muerte que se asentaba en los registros y se recibía el cuerpo del difunto para disponerlo en su área.

Por supuesto, ninguno de estos servicios era gratuito y en el caso de las inhumaciones se cotizaban según clase social y lugar de enterramiento.

Sabemos que casi hasta la mitad del siglo XVIII, el enterratorio mayor estaba concentrado en la Iglesia Matriz, tanto dentro como fuera del templo.

Había dos formas de inhumación: el entierro menor o de “Cruz Baja” y el entierro mayor también llamado de “Cruz Alta”.

Los de Cruz Alta, contaban con la presencia del Deán y Cabildo, estaban reservados para los difuntos de las familias más distinguidas como se decía. El entierro se formaba con una procesión precedida de monaguillos que batían los incensarios de plata y detrás los canónigos revestidos de sus mejores ornamentos, todo el conjunto al son de los repiques de “Juan el Campanero”, como solía decirse, esto es, repiques alternados o “Doblar a muerto”.

Las campanas, dicho sea de paso, eran por aquellos años el primer instrumento de comunicación social. Desde una emergencia hasta anunciar un fallecimiento las campanas estaban presentes en la vida social. Ya decía Bartolomé de las Casas que: “…valese la iglesia de ellas, por no aver hallado mas acomodados instrumentos para llamar el pueblo a lo sagrado; pues no pidiendo el tocarlas mucho arte o industria, es su ribombo, y sonido el que mas se esparce, y dilata, venciendo los avisos de su lengua, los estorvos de la distancia.»

Para el caso de un “entierro menor” o de “Cruz Baja”, la liturgia ordenaba: “se llevarán dos pesos de veinte quilates y el boato no existía.

La Iglesia Católica tenía obviamente tarifado toda la pompa fúnebre. Según una crónica de época decía que: “Por un entierro de cruz alta se llevarán cuatro pesos de oro de veinte quilates. Por una posa se llevarán tres pesos de la dicha ley. Por una vigilia cantada de difuntos se llevarán tres pesos de cada nocturno de veinte quilates. Por una misa cantada de difuntos se llevarán cuatro pesos de veinte quilates y a los diáconos y los [roto] se le dará cada uno un peso de treze quilates de por ley. Por el acompañamiento en que son conbidados los clérigos y los entierros, onras y cabos de año, les paguen a cada uno un peso de treze quilates, si van de sobrepelliz […] y mandamos a los testatarios y hermanos e otras cualesquiera personas que se hallaren a los testamentos, aconseje en cualquier manera al testador y no ignore en su testamento cosa ninguna de las tocantes ni moderen ni paguen precio diferente del aquí mandado, so pena de Excomunión Mayor Latea Sententiae».

La “Pompa Fúnebre”

El término “Pompa Fúnebre” se utilizó hasta entrados los primeros años del siglo XXI. En lugares como Salta, hacia los ’80 se refería como la “Pompa Fúnebre” al servicio que prestaba una empresa funeraria: “Ahí llegaron los de la pompa fúnebre”, era un comentario escuchado.

Pero en realidad el término hacía referencia a la suntuosidad con que los clérigos adornaban el hecho de la muerte de un individuo destacado en la sociedad. Leemos así que: «…y aquel día fue acompañado su cuerpo del cura y sacristán desta sancta iglesia catedral con cruz alta y doble de campanas, seis clérigos sacerdotes con sobrepellices, que todos dijeron misa rezada, y por los religiosos del dicho convento se le dijo una misa cantada de cuerpo presente con su vigilia, diácono y subdiácono, responso y más seis acompañados del orden del señor Sancto Domingo que dijeron otras tantas misas rezadas, y de todo pagué la limosna acostumbrada como fue la voluntad y me comunicó la dicha difunta.»

En las actas se dejaba constancia, por ejemplo:  «…yo el señor don Cayetano Dahal. cura vicario interino, enterré con entierro menor y cruz baja el cuerpo de ….»

Para los “desclasados”, negros, esclavos, zambos, mestizos, naturales, etc., se practicaba el entierro de “Limosna”, que era un entierro aún más humilde que un entierro de cruz baja, porque no pudieron ni siquiera cubrir el precio de un entierro con cruz baja.

De esta manera, el culto de la muerte en Salta tuvo su centralidad en los templos bajo cuyos suelos descansaron –y aún lo hacen- los salteños desde tiempos fundacionales hasta la creación del Cementerio de la Santa Cruz en 1876.-

Bibliografía sugerida:

Bisceglia, Ernesto. «Salta, el Capítulo de la Fe». GOFICA Editorial. Salta 1977

Caretta, Gabriela A. – Zacca Isabel Elisea. «La muerte y sus indicios en Salta». Disponible en el sitio: https://cdsa.aacademica.org/000-006/86.pdf

Picón Salas, Mariano. «De cómo eran los funerales en la Mérida de principios del siglo XX). Disponible en el sitio: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-campanero-un-comunicador-extinguido/html/

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